El yield farming, que consiste en prestar o aportar criptoactivos a protocolos DeFi para recibir recompensas, ha captado la atención de inversores que buscan altos rendimientos. Promesas de hasta 300 % anual generan escepticismo, pues el rendimiento no aparece de la nada: alguien debe pagar por él. Cuando la fuente de ingresos es la entrada constante de nuevos fondos, el esquema se vuelve insostenible y puede convertirse en un fraude. Para participar, se necesita una wallet no custodial, como MetaMask o Phantom, que conecte con el protocolo. La forma más común es aportar liquidez a un pool, por ejemplo, ETH y USDC, y obtener tokens de recompensa. Los altos porcentajes suelen ocultar trampas, como la dependencia de nuevos depósitos, la volatilidad de las recompensas o la falta de transparencia en los smart contracts. Los inversores deben verificar la reputación del protocolo, revisar auditorías de código y analizar la sostenibilidad del modelo de negocio. La regulación de cripto varía por país, pero la falta de supervisión clara aumenta el riesgo de estafas. En conclusión, el yield farming puede ser rentable si se entiende quién paga y se evalúa la viabilidad a largo plazo, pero los rendimientos excesivos suelen ser una señal de alerta.